Con los pies en la Tierra Parte 2

Por José Antonio Alcaraz

¿Has escuchado hablar que alguien recuerda fragmentos de vidas pasadas?, bueno, hace años me resultaba difícil creer tales aseveraciones; incluso, me parecían absurdas e ilógicas, dignas de alucinaciones de una persona chiflada.

Para mi sorpresa, todas esas percepciones, prejuicios e insolencias que tenía sobre esos temas, producto de la cerrazón de mente, sentimiento y corazón, me colgaron de cabeza y me zarandearon para redescubrir esa parte de la que renegué.

Por ello, en esta segunda parte, comparto una experiencia que viví hace unos años, en este camino del Despertar de mi Noche del Alma, en el cual no solo pude recordar fragmentos de una vida pasada, que tuve hace más de un milenio; esa experiencia me hizo que me acordara de la importancia de estar enraizados con la tierra.

En 2012 tuve una importante apertura de consciencia. En ese tiempo me estaba sanando física, mental, emocional y del corazón, de un colapso que me llevó al borde de la muerte, pero que fue el precursor que me llevó a las puertas de la sensibilidad, la intuición y la empatía.

EL INICIO DE LA CACERÍA DEL VENADO AZUL 

Tras un retiro espiritual que emprendí en un curso de apertura al segundo nivel de Reiki (técnica de sanación japonesa) en Zacatlán de las Manzanas, Puebla, me volví más sensible. Cerraba los ojos y veía una puesta de sol donde aparecía la silueta de un venado que me llamaba.

No sabía el por qué, pero me daba curiosidad. Así como en la cultura Wixarika del norte de México (sin siquiera saber de ellos hasta 2015 que estuve con ellos en el desierto de Real de 14) comencé mi propia cacería del Venado Azul.

Un fin de semana, fui invitado junto con un grupo de amigos por Odilón, un chamán-danzante mexicano de San Juan Teotihuacán, Estado de México, a su temazcal (baño de vapor ancestral milenario en el que calientan piedras volcánicas, abuelitas, que son enfriadas con una infusión de plantas medicinales al interior de una especie de iglú cuadrado) el cual duró más de seis horas.

Ese temazcal fue intenso por el calor, la limpieza y energía que se generó y sobre todo por la posición física en la que se encuentra: está a un costado de la pirámide de la Luna de Teotihuacán: “Lugar donde los hombres se convierten en dioses”.

Aquel temazcal me conectó rápidamente con mis raíces. Recordar que era un danzante en esa vieja ciudad que hoy está en el centro de México. Disfrutaba plenamente el ritmo de tambores, ocarinas y cantos.

Recuerdo que se aproximaba una celebración. Era parte de un grupo de concheros y danzaríamos en la Calzada de los Muertos, justo frente a la Pirámide del Sol. Era un nativo de esta ciudad de Mesoamérica, llevaba un penacho con los cuernos de un venado.  La danza ritual honraba a los cinco elementos, a la Tierra, la Luna y al Sol.

Una noche antes, remendé con mecate (hilos de maguey) las conchas (sonajas) que usaría en la celebración. Las sujeté fuertemente a la cinta de cuero que me ponía en los pies y que por la fuerza del zarandeo de danzas pasadas, se me habían aflojado.

Las conchitas eran más que un instrumento de sonido. Tenían el propósito de hacer eco en la conciencia para no olvidar la conexión con la Tierra, por eso las poníamos en los pies descalzos, para recordar que al igual que las plantas, tenemos raíces que nos unen a la tierra, nos sanan y nos hacen seres sabios.

Ese día dancé sin sentir fatiga ni dolor, porque LA TIERRA ME SOSTIENE, me abraza, soy parte de ella y ella es parte de mí… en verdad que disfrute y agradecí mucho ese recuerdo que en pleno siglo 21 me hizo recordar la importancia de estar anclados CON LOS PIES EN LA TIERRA.

En la tercera columna seguiré compartiendo, ahora, los beneficios a la salud de andar descalzo y la importancia de que en estos tiempos de guerra comencemos a ABRAZAR NUESTRAS RAICES.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *