Cada vez entiendo -sin presumir- menos por qué un presidente dispara casi cada día dardos punzantes contra la prensa y sus oficiantes. Para citar al clásico: ¿pero qué necesidad?

Es obvio claro, el poder de la prensa que trata cada día de contrarrestar nuestro presidente desde el púlpito mañanero. De no ser así, no dedicaría de manera cotidiana un promedio de dos horas, dos largas y preciadas horas, para lanzarse contra la prensa y sus practicantes. Dos horas promedio que no son ni remotamente las dos horas de usted afable lector (a) y/o ciudadano (a) con todo respeto, claro, y tampoco las dos horas mías en mi condición estrictamente ciudadana o de peatón diplomado de la ex noble y leal ciudad de México.

Lo ha confesado el presidente más de una vez. Primero su pecho no es bodega. Eso está claro, y segundo, si dejara en paz a la prensa, ésta -en su imaginación creativa- lo aplastaría. Eso teme y por ello, arremete cotidianamente contra los chicos de malolandia. Después de todo y conforme el arte de la guerra, la mejor defensa es el ataque. Pero ¿se justifica que un presidente, el que sea y más aún, el de México en estos tiempos críticos y acuciantes, absorba al menos dos horas diarias de su preciado y precioso tiempo para zambutir de cuanto se la ocurra a la prensa?

Como dijo el ex competidor presidencial, priista para más señas, Francisco Labastida Ochoa, cuando Vicente Fox lo llamó la vestida, el presidente llama a la prensa fifi, chayotera, conservadora, corrupta, mercenaria, alquilada, comprada, entre otros epítetos descalificadores, estigmatizantes y aún peligrosos en un país como el nuestro donde el ejercicio periodístico pasa factura incluso en vidas, aunque también en impunidad, aun cuando sabemos que en cualquier caso, es un precio muy elevado.

Se ha llegado tan lejos en esto de contrarrestar a la prensa desde el mismito Palacio Nacional que el presidente se atrevió hace un par de días a sugerir que el incidente con la vacuna de aire en Zacatenco, allá por la alcaldía Gustavo A. Madero, pudo haber sido un montaje para desacreditar el esfuerzo gubernamental para inocular y cuanto antes a la población, primero los viejitos claro.

Y de la mano de esa teoría aludió sin mencionarlo expresamente a Carlos Loret de Mola y la cadena Televisa por el caso de la ciudadana francesa Florence Cassez. Loret ya ha admitido su error y ofrecido una disculpa sobre el caso. Pero eso no bastó al presidente, quien ciertamente perdona pero no olvida. Menos a Loret, un crítico constante del presidente y sus familiares, y quien ha documentado más de un caso al menos sospechoso de la familia presidencial, con lo que refresca la memoria al presidente.

El mandatario olvida o desconoce un asunto básico del periodismo. Este oficio o profesión como ya se ha reconocido en numerosas universidades de México y el mundo, no existe para aplaudir, tampoco para alabar y mucho menos para adorar. Tiene como condición básica de su ejercicio, la crítica, el señalamiento documentado, la observación y la denuncia. Es el contrapeso del poder instituido, pero para proponer y enriquecer la gobernanza. Ya el ex presidente Enrique Peña Nieto se quejó alguna vez -no diario- de que los periodistas no aplaudían.Pues no. Esa no es su tarea, su labor, su compromiso, porque periodismo sin crítica rigurosa y fundada, es elogio ruin. Deja entonces de ser útil a la sociedad, ávida de acercarse a la verdad sobre todo de la cosa pública.

A propósito del anuncio presidencial de que expondrá en una mañanera próxima -quizá hoy mismo- el montaje del caso Cassez, en el que se vió involucrado Loret, éste respondió al jefe del Ejecutivo: “que se deje venir, pero que luego ya se ponga a gobernar”. ¡Sopas, perico!

La irreverencia reporteril, pues, ante la oportunidad del poder presidencial. Allá el presidente. Sólo me pregunto: ¿quién tiene más que perder? ¿Quién gana más? Yo sólo digo que el tiempo de un presidente no es cómo el mío y casi seguramente como el suyo, dicho con todo respeto, querido (a) lector (a). ¿O no?   Aunque claro, ese tiempo lo pagamos nosotros.

ro.cienfuegos@gmail.com

@RoCienfuegos1

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Roberto Cienfuegos
Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y Maestro por la Universidad Politécnica de Tulancingo de Bravo, Hidalgo. Coberturas internacionales en Brasil, Colombia, Dinamarca, Jamaica, Perú, Taiwán, y Trinidad y Tobago. Corresponsal de Excélsior y Notimex en Estados Unidos y en Venezuela. Su trabajo aparece en McGraw-Hill, la revista colombiana Dinero, las agencias noticiosas Ansa, United Press International, Xinhua, Notimex, La Opinión de Los Ángeles, Hoy, The Dallas Morning News y Tiempos del Mundo. @RoCienfuegos1 ro.cienfuegos@gmail.com