De Honduras a Manhattan: El sueño de Catherine y sus dos bebés sobre “La Bestia”

Catherine subió con dificultad al lomo del tren conocido como “La Bestia”. Y no es por su condición de mujer o sus escasos 19 años de edad. Es que con ella viajan sus dos bebés, uno de seis meses y otro de dos años


Luis Carlos Rodríguez González/The Exodo

Lechería, Estado de México.- Catherine subió con dificultad al lomo del tren conocido como “La Bestia”. Y no es por su condición de mujer o sus escasos 19 años de edad. Es que con ella viajan sus dos bebés, uno de seis meses y otro de dos años. Ella es hondureña y es parte de lo que queda del “Viacrucis Migrante 2018” que contra viento, marea, Trump y Peña viaja y busca llegar a la frontera con Estados Unidos.

La joven madre es oriunda del municipio de Villanueva, una zona serrana dedicada al cultivo de caña y plátano, pero en donde la mayoría de su población vive en situación de pobreza y expuesta a la violencia, inseguridad y bandas de pandilleros.

“Vengo de madre soltera con mis dos nenes y salí hace más de seis meses de mi país. Llegue a Tapachula, Chiapas cuando mi bebé tenía dos meses. Estuve arreglando papeles en Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar) pero lastimosamente no me salieron. Entonces cuando pasó la caravana miré como una luz de esperanza y me vine con ella y me han brindado lo necesario para darles de comer a mis hijos y viajar”.

Ella es parte de los entre 400 y 500 migrantes salvadoreños, hondureños y guatemaltecos que sobreviven a esta caravana que ordenó frenar Donald Trump al gobierno de Enrique Peña. Los centroamericanos, en su mayoría mujeres, niños, adolescentes y jóvenes buscan llegar a Tijuana o a Mexicali para entregarse a las autoridades migratorias de Estados Unidos y pedir asilo.

“En el cruce de Guatemala hacia México por el Río Usumacinta me querían pedir mucho dinero y gracias a Dios me salió una persona de buen corazón y me ayudó y me dijo ese no es el precio para cruzar del otro lado. “Diles que tu eres mexicana y que andas de visitante”, me aconsejó. Así logré que de los 2 mil pesos que me cobraban me lo dejaran en 10 quetzales que son unos 40 pesos mexicanos”, recuerda Catherine.

Mientras acomoda la pañalera, una mochila con lo que queda de sus escasas pertenencias y una cobija que sirve lo mismo como cama y lona para proteger a sus hijos del sol, comenta que salió de Honduras por problemas “personales” que prefiere no recordar pero que obviamente tienen que ver con violencia.

“Allá me dedicaba a fabricar y vender bisutería, lo mismo aretes que collares. Apenas para sobrevivir, pero no hay empleos y el gobierno subió los impuestos, sumado a que tienes que pagar lastimosamente impuestos a los pandilleros para que no te molesten, no te roben o te secuestren”.

Cuando estaba a punto de cruzar la frontera entre Guatemala y México fue asaltada. Se quedó sin los 1,000 dólares que ahorró durante más de un año para su viaje. También le robaron el teléfono celular y con ello la posibilidad de comunicarse con familiares que viven en Estados Unidos.

“La Bestia” empieza rugir anunciando que la travesía hacia el norte continua. Catherine acomoda cuidadosamente a sus pequeños en medio de un mar de desperdicio de metal que transporta el

vagón. Ahora la caravana va prácticamente sin el apoyo de las organizaciones que los trajeron desde Chiapas hasta la Ciudad de México.

Con excepción de la organización “Pueblo Sin Fronteras” que encabeza Irineo Mújica, quien los acompaña en la travesía, los migrantes gritan festivamente que ya están en camino a la frontera norte. Catherine tiene sentimientos encontrados. Entre la alegría, la esperanza y el miedo de lo que les pueda pasar a ella y a sus pequeños.

“Me da miedo regresar a mi país por razones personales y de seguridad. Me da miedo cruzar también de México a Estados Unidos. No me da miedo el muro, porque es simple y sencillamente un muro. Me da miedo lo que está haciendo el presidente Trump de que está poniendo militares en la frontera”, señala mientras les da un poco de agua a los pequeños que empiezan a llorar.

Ella, como todos los migrantes de esta caravana, cuentan con permisos del gobierno mexicano para estar 20 o 30 días en el país. Pueden optar por regresar a sus países de origen o buscan llegar a la frontera con Estados Unidos para entregarse y pedir asilo.

“Vamos a cruzar por Tijuana. No tengo ni un peso, ni un dólar, pero confío en Dios y la ayuda de los mexicanos. Yo quiero llegar a Manhattan, Nueva York. Me han dicho ahí que ayudan mucho a los niños y yo quiero un futuro mejor para los niños”, señala mientras “La Bestia” empieza a moverse lentamente rumbo al norte con lo que queda del “Viacrucis Migrante” en su lomo de metal.

www.theexodo.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *