Análisis a Fondo: Entre promesas y vergüenzas

·        Prometer no empobrece; dar es lo que aniquila

·        Vicente, Calderón y Peña fueron muy bocones


Andrés Manuel López Obrador está excediéndose en promesas de todos los tamaños, pero en su discurso abundan las promesas millonarias y multimillonarias, como el Tren Maya y las refinerías, así como la nueva canasta básica para que la mayoría se alimente. Se olvida de ese adagio que es en realidad una ley de la vida: “Prometer no empobrece. Dar es lo que aniquila”.

Y ya tenemos amargas experiencias de candidatos presidenciales que prometen y prometen y cuando llegan a La Silla simplemente se olvidan de lo que prometieron. Puras promesas y puras vergüenzas.

Los más recientes ejemplos son Felipe y Enrique. Ambos prometieron acabar con el desempleo. El michoacano – si viviera Alejandro Avilés no estoy seguro que estuviera muy contento con el chaparro – inclusive se autodenominó El presidente del empleo, y lo que empleó fueron las armas para acabar con el narcotráfico, y lo que logró fue espantar el avispero, terminando su sexenio con un saldo de por lo menos cien mil ejecuciones, que las fuentes oficiales atribuyen a los grupos del narco aunque hay elementos para indagar que muchos muertos fueron de la responsabilidad de elementos de las fuerzas de seguridad del Estado.

Felipe nunca volvió a preocuparse, y si no se preocupaba no iba a ocuparse, del empleo. Un sexenio perdido para los trabajadores que vieron cómo se achicó su capacidad de compra y su nivel de vida. Terminó siendo el presidente de la corrupción, tanto que le sembró un inútil monumento en paseo de la Reforma que él bautizó como “La Estela de Luz” (¿Y quién era o es Luz, Felipillo?), y la gente del pueblo lo bautizó con el vergonzoso título de “La Estela de la Corrupción”.

Felipe prometió muchas cosas, pero la guerra no le permitía cumplir sus promesas. Recordarán que la prensa diaria publicaba diariamente el famoso “muertómetro”, que contabilizaba las ejecuciones diarias. Era general que los periódicos que publicaban el tan muertómetro dieran un promedio de 20 matados al día.

Creo que Peña Nieto, que también se ufanó de que acabaría con el desempleo, fue quien decidió que las autoridades encargadas de la inseguridad pública dejaran de informar en torno a las cifras de la guerra, esa guerra que ya no se supo si era del gobierno contra los narcos y de gobierno y narcos contra la gente del pueblo, o de narcos contra narcos y gobierno contra gobierno, algo así como Kramer contra Kramer. Pero los saldos de la muerte se multiplicaron exponencialmente y ya no pudo hablarse de cantidades, de números, sino de chingos. Cuántos muertos hubo durante el sexenio del último mohicano; perdón, del último priista en Los Pinos: un chingo y dos montones.

Andrés Manuel está a tiempo de tomar conciencia de que él no es ni Felipe, ni Enrique, sino Andrés Manuel. Y que debe medir su boca porque no le vaya a salir el tiro por la culata, como decía la profesora Esperanza, cuando nos daba consejos al gran Gil, que por cierto fue visitado en Tuxtla por el tabasqueño, ya cuando el bróder estaba en camino hacia el cielo, y a un servidor.

Si no promete, cualquier proyecto que realice le va a ser muy agradable, satisfactorio, a la gente. Si aplica una política económica que no privilegie sólo al capital, sino que equilibre al capital con el trabajo, o al trabajo con el capital, estará logrando el agrado de capitalistas y trabajadores. No es tan difícil como los sabios de la ciencia económica lo creen, ni tan complicado como dice Hayek, el padre del neoliberalismo económico. Simplemente es cuestión de crear las condiciones para que las leyes del mercado dejen de ser ciegas, salvajes, inmisericordes, y ya no se aplique esa ley que yo he inventado, la de la necesidad y del abuso.

Pero no está demás repetirlo: Prometer no empobrece, Dar es o que aniquila.

analisisafondo@gmail.com

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